La piedra y el lugar

Texto del catálogo de la exposición de cuadros de Pedro Linde realizada en la Casa Fuerte de Bezmiliana (Rincón de la Victoria), en 2005.

Fui la piedra y fui el centro
y me arrojaron al mar
y al cabo de largo tiempo
mi centro vine a encontrar.

Copla. Anónimo.

He reunido para la presente ocasión una serie trabajos que nacen bajo la advocación del blanco como forma de potenciar la soledad de los signos en él inscritos, así como las cualidades arquitectónicas de un espacio de representación construido con vocación de mostrarse a través de los atributos de la depuración formal, la sobriedad compositiva y una intencionada economía de medios que invitan al receptor a escuchar las correspondencias secretas que, en el ámbito del imaginario, se dan entre el objeto y el lugar.

El objeto que he escogido en algunas de las obras que aquí figuran, y que participa del título de la presente muestra, es la piedra, objeto cargado de connotaciones míticas, psicológicas y ontológicas que remiten a los arquetipos de lo sólido, lo concreto y elemental, frente a la transparencia abstracta del mundo especulativo; de lo permanente frente a la fugacidad del tiempo; de lo unitario frente a la desconcertante variedad del mundo fenoménico; de la centralidad frente a la inquietante fragmentación y dispersión de la realidad; del origen –la piedra siempre remite a su virtud fundacional-, frente a la pérdida de referentes de identidad del mundo actual.

Pero la piedra no es ex nihilo; busca su afirmación en el espacio, el lugar de la vinculación con el mundo, excavando en él el hueco exacto, único, allí donde se expresa su vocación de ser caput anguli, de ser la clave que culmina la bóveda del templo de la interioridad.

Dialogan así la piedra y el espacio a través de una comunicación que anhela religar en unidad la distancia que la conciencia abre entre los dos mundos, el exterior y el interior, para llegar a una íntima comunión que se da en el lugar donde, después de mucho rodar, el ser encuentra su centro.

Por último, en algunas de las más recientes obras, asistimos a la desaparición del signo-objeto, dando éste un paso más allá de su soledad esencial, al disolverse en lo absoluto del espacio, que se convierte así en el único protagonista del cuadro, representándose a sí mismo, despojado de sus habitantes, donde lo que importa es el lugar de la desaparición donde el signo se hace translúcido, convirtiéndose el espacio en icono de la totalidad.

Pedro Linde.
Diciembre 2005.

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